
En la primer imagen vemos un cerebro sano y la segunda imagen es un cerebro dañado por el consumo de cocaína.
La cocaína es una sustancia con un fuerte efecto estimulante que actúa directamente sobre el sistema nervioso central. Allí, la cocaína se centra en ciertos neurotransmisores, como por ejemplo la dopamina, el cual regula los centros de placer y del movimiento. Sobre la dopamina, la cocaína no hace otra cosa que aumentar las cantidades que se generan de este neurotransmisor.
La dopamina es una sustancia química que es expedida por el cerbero a modo de respuesta o reacción a un incentivo placentero. Siendo la dopamina el móvil por el que se comunican algunas de las células del cerebro, cuando ocurre tal incentivo las células libran dopamina, la cual vuelve a su célula de origen, cuando cesa el estímulo, cortando así la comunicación entre las neuronas.
Con la cocaína, lo que sucede es que ésta, de alguna manera previene esa vuelta de la dopamina a su célula de origen. Es decir que, tras el estímulo ocasionado por la droga, la dopamina expedida no vuelve a su lugar de partida, por lo que no se corta la comunicación entre las células, ocasionándose una acumulación de dopamina.
Cómo ocurren los efectos de la cocaína
Finalizábamos diciendo que la cocaína ocasionaba un exceso de dopamina, al impedirle a esta sustancia volver a su célula de origen y cortar con el estímulo provocado. De esta manera lo que hace es alterar el funcionamiento y la comunicación normal de las neuronas. Con la acumulación de dopamina, es que la respuesta al estímulo se mantiene, generando la sensación de exaltación y euforia que ocasiona la coca.
Con el tiempo y con el abuso de cocaína, esta comunicación cerebral puede verse afectada. Así es que se puede generar una dependencia a la sustancia, sobre todo porque con un consumo reiterado, puede crearse una tolerancia respecto a los efectos de la coca. Es decir que el consumidor no logra sentir los mismos efectos que sintió la primera vez, pudiendo aumentar las dosis en su búsqueda.
